En el océano de mi cama

Son las 7:45h. Por tercera vez paro la alarma del despertador del móvil. No tengo ganas de levantarme, sigo mentalmente inmersa en el sueño que estaba teniendo hasta que la dichosa alarma me ha sacado de él. Era tan real…

Siempre lo es cuando sueño con Él, hasta tal punto que, incluso una vez ya despierta, mi cuerpo desnudo sigue temblando de placer bajo las sábanas, como lo está ahora.

Mis pezones siguen duros, erectos, como mi clítosis, al que puedo notar perfectamente, como también noto mi coñito palpitante, como si toda esa actividad sexual soñada hubiera sido real.

Estoy caliente, muy caliente. Acaricio y aprieto mis pechos con una mano, mientras con la otra recorro mi cuerpo hasta comprobar que, efectivamente, estoy mojada, empapada, y tan dilatada que los dedos que introduzco se deslizan suavemente adentro y afuera. Pero no es suficiente… Me siento vacía, vacía sin esa polla que en sueños me llenaba una y otra vez.

Busco entre las sábanas a mi pequeño amigo, mi fiel compañero de noches solitarias, ese diminuto delfín que anoche, en el océano de mi cama, entre olas de satén, me había hecho vibrar con él mientras nadaba en el agua que brotaba de mi oscura cueva de placer, como ahora. ¡Uf! Esto está siendo rápido, voy a correrme… Sin dejar la maniobra ni alterar el ritmo, cojo el teléfono y marco. Un tono, dos…

– Sí dime.

– No digas nada. Sólo escucha.

– ¿El qué?

– Mmmmm…mmmmm…

– Victoria ¿estás…?

– Tú sólo escucha ¡aaah!

– Eres perversa…

– Sí pero ¿a que te gusta? ¡ah aaah aaaaah!

– ¡Bufff! Me la has puesto dura…

– ¡Aaah aaah aaaaaaaaaah! Mmmmm…

– Eres diabólica Victoria. Voy a requisarte ese delfín para que no puedas repetir esto. ¿Qué se supone que hago yo ahora con este alzamiento de armas?

Mmmmm ¿venir a desayunar? Te espero…

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