Recordando la primera vez

Estamos solos en el ascensor de la oficina. De espaldas a Él, rozo mi culo contra su polla.

– Paraaaaa. Estamos llegando. Oye ¿te has puesto el tanga?

La puerta del ascensor se abre y nos encontramos a Suárez, el pelota de la oficina.

– Buenos días Sra. Directora.

Haciendo alarde de mi fama de estirada, le miro de soslayo y me meto en mi despacho, dejándole con Él. Afortunada o desgraciadamente, las paredes son muy finas y me entero de su conversación.

– Bufff vaya humos traemos hoy. Cómo se nota que a esta tía le hace falta un buen polvo. Llegas supertarde macho. Menos mal que ella también, si no te hubiera caído una buena con la borde ésta.

– Sí, bueno. Menos mal. ¿Me disculpas?

¡Toc toc toc!

– ¿Se puede?

– Pase.

Estamos sólos en mi despacho, igual que en casa. Y sin embargo parece que estoy con otra persona. Le miro ahí depié enfrente de mi mesa, tan pasivo, no es la bestia que me domina en la intimidad, que me somete a sus deseos más sucios e instintos más bajos, que me sodomiza y me posee como un animal cuando quiere.

– No me has contestado.

– No. No llevo tanga.

Un silencio incómodo invade el despacho y acaba con el ruido de la puerta cerrándose tras Él.

Me meto en mi baño y me miro al espejo. Puedo recordar todas y cada una de las veces que me he masturbado aquí pensando en Él: tras alguna reunión, tras alguna comida de trabajo, durante las fiestas de Navidad, incluso durante su entrevista de trabajo.  Mientras la junta directiva le hacía una serie interminable de preguntas, yo imaginaba que le hacía todo tipo de pruebas sexuales para ver si era “apto” para el trabajo. Imaginaba cómo me comía el coño debajo de mi mesa, que le hacía follarme sobre la fotocopiadora, sobre la mesa de mi despacho, en mi sillón, en mi sofá, sobre la mesa de la sala de juntas y hasta en el suelo. Tuve que salir de la entrevista y encerrarme aquí a desahogarme. Cuando volví ya habían tomado la decisión de contratarle, afortunadamente para mí, porque así Él no tendría nunca ninguna duda de si lo contraté para tirármelo.

Recuerdo la primera vez que me folló. Fue aquí mismo, en mi despacho. Nos habíamos quedado hasta tarde trabajando los dos solos. Me costó mucho esfuerzo aguantar y disimular mi deseo, pero estaba muy caliente y mi cuerpo me traicionó. Los pezones se marcaban en mi blusa y mi lubricación era tan abundante que incluso manché la falda. Por suerte su cuerpo le traicionó también. Cuando nos disponíamos a marcharnos, me percaté de la tremenda erección que tenía bajo el pantalón.

– Parece que nuestros cuerpos gritan lo que nosotros  nos empeñamos en silenciar.

– ¿Qué quiere decir? No le comprendo. -le contesté yo apoyando el culo en la mesa y cruzando los brazos en un último intento de tapar lo evidente.

Él se acercó hasta mí y me susurró al oído “que llevo toda la noche aspirando el aroma de tu coño y cuando he visto esta mancha me he puesto a cien” y acabó deslizando su mano por mi trasero mojado.

Levanté la mano para cruzarle la cara de un tortazo, cuando Él me cogió por la muñeca y me la llevó a su polla mientras me besaba. Como un acto reflejo abrí mis piernas, me apoyé en la mesa y levanté las caderas para que Él pudiera quitarme el tanga. Se lo llevó a la nariz y aspiró profundamente y acto seguido, me arrancó la camisa diciéndome “tus pechos me están llamando toda la noche. Voy a comérmelos y después voy a follármelos” mientras cogió unas tijeras y cortó el sujetador por el centro.

Allí estaba yo, gimiendo de placer mientras Él chupaba y mordía mis pezones. Y la noche no había hecho más que empezar…

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