Una tortura, un placer

Una tortura, un placer

Ya es casi mediodía. Él está dormido a mi lado, ha caído rendido, exhausto. Normal, yo he dormido algo más que Él, pero Él se ha “movido” más. Me levanto despacio y lentamente me pongo la bata y voy al baño.

La imagen que el espejo me devuelve es otra muy distinta de la que me devolvía ayer a estas horas: ojos cansados, ojeras, un chupetón en el cuello, algún arañazo hacia el escote…

Traslado mi mirada desde el escote del espejo hasta el de mi cuerpo, paso mis dedos sobre él, notando su textura, y continúo bajando hasta abrir completamente la bata.

Miro de nuevo al espejo y compruebo los daños colaterales de las horas pasadas: más arañazos, petequias en los pechos, moraduras incipientes…

Algunas marcas duelen, un dolor molesto. Otras en cambio, como las irritaciones de los pezones, tienen un reflejo en lo más profundo de mi coño, una sensación inversa de placer. Sí, pican, escuecen al frotarlos, sin embargo noto cómo mi coño se está hinchando al mismo tiempo. Y mojándose…

Me encanta esa sensación que deja en mis pechos cada vez que “juega” con ellos.

Recuerdo una tarde en la que recibí una llamada suya, diciéndome que venía hacia aquí y que le esperara en bragas y bata y, aunque reconozco que no las tenía todas conmigo de que apareciera, obedecí sus órdenes y me dispuse a prepararme como él dijo, por si finalmente aparecía y reclamaba tomar mi cuerpo, mis pechos, mi coño…, o mejor dicho su cuerpo, sus pechos, su coño… su puta.

Decidí sorprenderle con algo nuevo, una lencería “distinta” que tenía guardada para un numerito que estoy reservando para un día como hoy, en el que no hay tiempo límite, ni horario, un día en el que podemos explayarnos en disfrutar sin control. Sí quizá hoy.

Me puse la bata pero me moría de frío, ni siquiera delante del calefactor entraba en calor, así que se me ocurrió montármelo rollo exhibicionista y ponerme la gabardina sobre la lencería. Mientras lo hacía, recordaba otras muchas fantasías en las que esa prenda es la protagonista, como en la que iba a trabajar de igual modo pero completamente desnuda bajo la gabardina, o aparecer de esta forma en su casa y follármelo en cuanto me la quitara.

Estas fantasías, unidas a la esperanza de que de verdad apareciera, hicieron que mi coño se mojara, “inaugurando” el culotte nuevo, cuando el timbre me sacó de mis elucubraciones calenturientas.

Mientras dejaba sus cosas recibió una llamada, durante la cual no podía dejar de mirar la erección que traía bajo sus pantalones abultados, pero cuando terminó, ni siquiera me dejó tocarla.

Poco a poco fue abriendo la gabardina, dejando al descubierto mis pechos, con los pezones erectos por una mezcla de frío y excitación, sobre el corte bajo del sujetador, diseñado especialmente para el tipo de juegos que sé que le encantan.

Se agachó ante mí y chupó y mordió el pecho y pezón izquierdos, e hizo lo mismo con el derecho, haciéndome más daño en éste. Nuevamente volvió a chupar el izquierdo, sólo chupar. Y después el derecho.

Mientras terminaba de quitarme la gabardina, Él cogió unas bridas y me las colocó en los pechos, como siempre metódicamente, primero en el izquierdo y luego en el derecho, y nuevamente los chupó en ese orden, y apretando cada vez más las bridas.

Mis pechos estaban totalmente ya aprisionados, endurecidos, y los apretaba en sus manos como frutas maduras, y después me colocó una pinza en cada pezón, que me provocaron sendos reflejos de placer en lo más profundo de mi coño ardiente.

Cuando me retiró las pinzas, se sentó y chupó de nuevo mis pezones alternativamente.

Me encanta que me los chupe, la succión me deja los pezones mucho más sensibles que las mordeduras, de modo que las bofetadas de después tuvieron en su dolor otro reflejo de placer en mi coño, que estaba cada vez más mojado e hinchado, tanto como su polla, que se marcaba en el pantalón de una manera brutal.

Quería tocarla, quería que sintiera mi coño aunque fuera a través de la ropa, que notara el calor y la humedad de mi coño contra ella, que estaba totalmente dispuesto y preparado para que se lo follara y, aunque llegué a cubrirla a horcajadas y frotarla un par de veces contra mi coño, de una forma cruel me apartó diciéndome “hoy no vas a tener polla, ya tuviste polla el otro día”. Sí, fue cruel, o me lo pareció en ese segundo, durante el que me estaba negando darle placer.

Mientras se levantaba y durante otro eterno segundo, pensé que iba a marcharse y mi lívido cayó en picado dejándome fría, helada, hasta que le vi bajarse la ropa y sentarse de nuevo, ordenándome que le chupara la polla.

Todavía desconcertada por esos cambios de registro, me arrodillé y me metí la polla en la boca, chupando primero sólo la punta, intentando descifrar cuál sería el siguiente giro inesperado. Pero cuando me empujó despacio la cabeza contra su polla, y ésta hacia el fondo de mi garganta empujando sus caderas, pronunciando mi nombre “Victoria”, tuve claro lo que quería: placer oral. Y eso es algo que me encanta darle, disfruto dándole placer.

Saqué su polla de mi boca y me recogí el pelo con una pinza, segundos que Él aprovechó para acariciar mis pechos, todavía aprisionados por las bridas y, antes de continuar con la felación, se hizo una pequeña cubana con ellos, mientras yo lamía la punta de su polla, sobresaliente entre mis pechos, hasta que en una de esas subidas, me la meto de nuevo en la boca.

Pronto el movimiento de mi cabeza fue sustituido por el de sus caderas, que me metían su polla hasta el fondo de la garganta. Me estaba follando la boca y, aunque de nuevo me había quitado la opción de ser yo la que le diera placer, dejé que continuara, porque sé que esa sensación también le encanta.

El premio a mi paciencia llegó cuando, después de decirme que eso le hacía feliz, se corrió de una manera abundante y brutal en mi boca, sintiendo el bombeo de su polla en mi garganta y su palpitación en mi labio inferior.

Cuando estos cesaron, y con la boca a rebosar de su esencia de macho derramada en ella, continué chupando su polla lentamente, para resarcirme de haberme quitado antes la opción de hacerlo, y para no estropear ese momento de compenetración e intimidad con algo tan vulgar como ir a escupir una eyaculación.

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