Con gabardina y a lo loco

Con gabardina y a lo loco

Abro el armario del baño y cojo el frasco de Aloe Vera. Me dirijo con él hacia el dormitorio, a ver si con suerte Él ya se ha despertado y puede darme un pequeño masaje de Aloe en los pechos. Me asomo al quicio de la puerta y, para mi desilusión, Él sigue durmiendo, así que entorno la puerta y voy a darme el masaje yo misma al salón.

Recostada en el sofá, deslizo un chorrito de Aloe en espiral por mi pecho izquierdo, acabando con una pequeña montañita en el pezón. Y repito la misma operación con el derecho. Es curioso, pero se me han pegado sus manías de en qué orden hacer las cosas.

Me tumbo totalmente en el sofá y me froto los pechos con el Aloe, dándome friegas en círculos en un patoso masaje. Aquí acostada, completamente desnuda y con mis pechos doloridos entre mis manos, me acuerdo de nuevo de aquella tarde, de la gabardina, de mis fantasías con ella. Es casi un fetiche, un objeto recurrente a la hora de imaginar encuentros “distintos”. Una fantasía reciente, muy reciente, vuelve a enfundarme en ella.

Me presento sin avisarle en una de nuestras empresas asociadas en las que Él colabora. Ya había estado antes, y sabía a qué hora le encontraría sólo. Subo hasta la sala y allí está, sólo, incluso parece esperarme.

Sin mediar palabra, entro y cierro la puerta, arrastrando una silla y pegándola a ella. Él entiende la invitación y se acerca hasta mí y, empezando a desabrocharme la gabardina, se sienta en la silla. Me coloco frente a Él y termino de quitarme la gabardina, quedándome completamente desnuda.

– No me gusta nada esta sala para follar.

– ¿Por qué? -le pregunto mientras me agacho a desabrocharle el pantalón-.

– Demasiadas ventanas, demasiada luz.

– Eso tiene fácil solución -le contesto levantándome, cogiéndome la gabardina de ambos lados y cubriéndonos con ella-. ¿Mejor así?

– Mejor. -contesta Él levantándose un poco para besarme, bajándose la ropa y sentándose de nuevo-. Ven aquí.

Bajo esa improvisada carpa, Él me atrae haciendo que me monte a horcajadas sobre su polla, la cual me introduce de una vez y hasta el fondo.

Nos movemos despacio, sabemos que tenemos tiempo para disfrutar el momento. Follamos lenta y deliciosamente, sintiendo cada penetración, profundas y placenteras. Acaricia mi espalda, mi culo y mis pechos mientras no dejamos de besarnos.

Cuando empieza a jugar con mis pezones y a pellizcarlos, mis caderas empiezan a moverse más deprisa, como si hubiera arrancado un motor y estuviera apretando el acelerador.

Estamos a punto de estallar, de corrernos juntos, ambos lo notamos al mirarnos a los ojos, y nos abrazamos lo más fuerte que podemos, como si de ello dependiera nuestra vida, explotando en una espiral de orgasmos incontrolables que nos deja exhaustos en ese abrazo de placer.

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