Sexo sin sexo, sólo dolor y placer

Sexo sin sexo, sólo dolor y placer

En días como hoy me gustaría tener una bañera. La llenaría y me acostaría a relajarme en un baño de espuma, yo sola, porque si lo hiciera con Él, seguramente acabaría con su polla en mi boca, en mi coño o en mi culo, o quizá en 2 de ellos o en los 3 por turnos. Me encantaría que me follara en el agua, en una piscina, en el mar… Una bañera se nos quedaría pequeña, en un jacuzzi quizá… Quizá en algún viaje de negocios, a alguna convención, una habitación de hotel con jacuzzi y el suficiente tiempo para follar de todas las maneras posibles. Quizá algún día…

Acabamos de ducharnos y yo vuelvo a la cama mientras Él va a la cocina, a preparar algo para reponer fuerzas. Estoy agotada y dolorida. Sentada en la cama, me miro en el espejo. Las marcas de tanto “ajetreo” son evidentes. Me levanto y me quito el albornoz frente al espejo, dejándolo caer en el suelo.

Las marcas de los reglazos son evidentes, las de los mordiscos también, y las de las bridas. Las que más me gustan son las de los mordiscos en los pezones, son las que más duran, me los ponen morados durante días y están consiguiendo que sean más sensibles. Cada vez que me los chupa o me los muerde, mi coño chorrea y se hincha de una forma brutal. Me gusta que me azote, que me cause ese dolor, y que queden marcas en mi piel para recrearme en ellas. ¿Estoy loca?

A veces ni siquiera echo de menos follar después de soportar todo eso. Recuerdo un día en la oficina, en nuestro baño, nuestro único refugio, y en una de mis posturas favoritas últimamente: ambos frente al espejo, Él jugaba con mis pechos y mis pezones, acariciándolos, estrujándolos, mientras empujaba su polla contra mi culo, aprisionándome contra el lavabo, y yo realizaba el movimiento a la inversa, buscando su polla con mi culo.

De repente se separó de mí y me azotó el culo, pero no fue un azote como los de siempre, fue realmente un azote de castigo, al que le siguió otro, y otro más… fueron 7 u 8, 10 quizá. Dolían, pero quería más. Y Él entendió que quería más. Y salimos de allí como perros en celo, pero algo me decía que no íbamos a follar, y tampoco me importaba. Quería que acabara lo que había empezado, y sabía que no me arrepentiría.

Al llegar a casa se sentó en el sofá, me tumbó bocaabajo sobre sus muslos y continuó con los azotes, clavándome la rodilla en el coño, que ya estaba empapado e hinchado, y fue casi como una masturbación espontánea. Me levanté y Él me quitó la ropa de cintura para abajo, y luego se quitó Él la suya. Volvió a tumbarme y a azotarme, hasta que debió notar que estaba mojada, porque me abrió los muslos y metió 2 o 3 dedos e hizo que me levantara.

A horcajadas entre el sofá y uno de sus muslos, me penetraba el coño con la mano derecha hasta donde podía una y otra vez, mientras con la otra me descubrió los pechos y me los mordía y abofeteaba. Yo lo ayudé quitándome toda la ropa, y moviendo mis caderas al compás de sus embestidas en mi coño, que eran más dolorosas que placenteras, pero no quería que parara, quería su mano más y más dentro de mí, la quería entera dentro de mi coño y gemía cada vez más fuerte hasta que me reprendió.

Me tumbó en el sofá y terminó de desnudarse Él también, se arrodilló frente a mi coño y me lo devoró de forma brutal diciendo “me acabo de tragar todo tu flujo puta”, y subiéndose al sofá sobre mi cabeza, me metió la polla en la boca y me la folló acostada un momento, para continuar atándome un pecho, aún no sé con qué, y devorándolo de forma brutal y tan dolorosa que grité y paró. Ahora me arrepiento de no haberme mordido la lengua y haber aguantado.

Se levantó nuevamente y me azotó, esta vez en el coño, una y otra vez, mientras estiraba y retorcía mis pezones, y yo me retorcía de placer. Quería que continuara, pero paró y, tirándome del pelo, hizo que me levantara yo también y que me arrodillara frente a Él y le comiera la polla, metiéndomela hasta la garganta, más honda que nunca, mientras me susurraba “eres mi puta perra”, haciendo que la quisiera aún más adentro y me la metiera cada vez más hasta que, por primera vez, llegué a vomitar.

Paré un momento para respirar y controlarme, y tirándome de nuevo del pelo, me arrastró tras Él al sofá y, tirándome sobre Él me dijo al oído “esto es sexo puta, ahora chúpamela”, y me empujó hasta su polla liberándome, momento que aproveché para ir a escupir lo que había vomitado y volver a devorarle la polla con más ansia si cabe, hasta que oí y sentí cómo se corría, tragándomelo enseguida. Era mi premio. Después de todo, no me quedé con ganas de follar, pero sí de comer más polla. Lo hubiera repetido todo de nuevo, con tal de comerme su polla así de nuevo.

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