Colgada e indefensa

Colgada e indefensa

Finalmente se ha ido. Me he quedado acostada en el sofá, desnuda, mirando las marcas en mi piel, la sangre de mis pechos acumulada bajo ella en grandes petequias, los arañazos, respirando el olor a sexo y sudor que desprende.

Me encantan estas sesiones de dolor y placer. Me gusta el brillo de sus ojos mientras me los provoca, su gesto duro, su mandíbula tensa, su respiración nasal lenta y profunda, la dedicación que le pone a cada acción, a cada nudo, la atención que presta para que las ligaduras se mantengan durante las violentas sacudidas.

Disfruta casi tanto de la preparación como de la ejecución, y yo siento que mi coño arde cuando le veo revisar todos los nudos y ataduras con la boca abierta, observando su obra y gozando sólo de pensar lo que va a hacerme. A veces pienso que para Él sería suficiente con esa preparación,  pero para mí ya no, necesito que me domine, que me someta.

Me muero de ganas de que me ate las muñecas sobre la cabeza y me cuelgue de ellas, me ponga pinzas con cadenas en los pezones y tire de ellas mientras me tortura el clítoris con el vibrador, o me folla con él el coño, el culo o ambos a la vez; que me fustigue los pechos con la fusta, o que me los abofetee. Mmmmm esas bofetadas me vuelven loca, se reflejan inmediatamente en mi coño, que se moja, se hincha y se dilata, incluso ahora que sólo las estoy recordando.

Cuántas veces me he imaginado colgada de la puerta, con la mordaza en la boca, mientras Él me come el coño sujetándome los muslos arrodillado ante mí, o me masturba con una mano y con otra me mantiene la cara pegada a la puerta, para acabar follándome contra ella. Ufff casi puedo notar su polla en mi culo, oir los golpes en la puerta por sus embestidas y a Él repitiéndome al oído “puta” una y otra vez mientras me muerde el cuello, la oreja, el hombro y todo lo que alcanza su boca.

Joder cómo me gustaría hacerlo realidad.

Mi dolor es su placer

Mi dolor es su placer

La tortura empieza con toquecitos suaves de frente en los pezones con la fusta. La sensación es de escozor más que de dolor, mis pechos están muy apretados y están extremadamente sensibles. Los toquecitos se convierten en toques, y estos en golpes.

Los golpes de frente dejan paso a  los fustigazos en vertical sobre todo el pecho. Duelen, pero no por los fustigazos, sino porque estos clavan las bridas en mis pechos, apareciendo inmediatamente grandes petequias.

Continúa con los fustigazos, pero ahora dirigiéndolos a la punta, a los pezones, en vertical en ambas direcciones, de arriba a abajo y de abajo a arriba. Estos sí duelen y gimo de dolor, pero quiero más y saco pecho.

Él aprovecha entonces para ponerme otras pinzas en los pezones, pero el dolor es bastante fuerte y me las quita, y sigue con los golpes de fusta. Yo me concentro en sentir el dolor, sé que lo está disfrutando, mientras sigo con la mirada su polla paseándose por delante de mí.

Por fin para y me quita el fular, las cintas y las bridas de los pechos. Hace que me levante y se sienta en la silla, acariciando mis pechos. “Te ha dolido ¿verdad? pobrecita, pobrecita” repite una y otra vez mientras chupa los pezones. “Date la vuelta” me dice y coge la cinta que ataba mis manos, que estaba suelta casi desde el principio, aunque han permanecido unidas.

Coge de nuevo la fusta y acariciando mi espalda y mi culo ZAS, fustigazo, uno tras otro, alternando las nalgas. Se levanta y hace que me tumbe en el sofá, bocaarriba, con las piernas abiertas y flexionadas. Intenta ponerme unas pinzas en los labios del coño pero desiste, creo que están tan mojados que se resbalan. Así que pasa la punta de la fusta por el coño y ZAS, fustigazo, haciendo que me retuerza de dolor.

– No te quejes, esa ha sido flojita -me dice, y es verdad, pero mi coño está tan hinchado y sensible que el golpe me quema-.

Sólo 3 o 4 fustigazos después, me penetra por fin y mi cuerpo se deshace de placer, ya no hay dolor, sólo placer. Al momento cambiamos al estilo perrito y mi excitación aumenta. Quiero más, le quiero en mi culo. Y una vez más Él lee mi mente, porque coge el lubricante y se pone a ello, a abrirse camino, a preparar mi ano para su polla.

Lo intenta una vez, otra, una más. Es doloroso pero quiero que siga, le quiero dentro de mi culo, hasta que por fin su polla está toda dentro y tengo que quitarme la mordaza de la boca para poder gemir libremente.

– ¿Te gusta Victoria?

– Sí amo -gimo-.

– ¿Te gusta?¿Estás disfrutando?

– Si amo.

– Quiero que tú también disfrutes Victoria. Me lo he pasado muy bien y ahora te toca disfrutar a tí.

– Sí amo, sí amo, sí amo, sí amo -no puedo parar de gemir, mi culo es un volcán de placer, hasta que se corre y cae desplomado en mi espalda-.

Tras unos momentos allí quietos, me saca la polla del culo y me quedo allí, arrodillada, reviviendo mentalmente cada segundo, cada golpe, cada penetración.

– ¿Te ha gustado?

– Me ha encantado -le contesto levantándome y besándole.

– Entonces ¿lo repetirías?

– Cuando quieras.

Preparando la tortura

Preparando la tortura

 

La noche va cayendo sobre la ventana. No puedo creer que llevemos juntos un día entero, si no fuera porque mi cuerpo está hecho polvo,  dolorido y magullado.

Está empezando a llover. Me levanto para cerrar la ventana y salgo al salón a cerrar el balcón. Cuando me doy la vuelta lo veo en el quicio de la puerta, vestido y recogiendo sus cosas.

– ¿Te vas? Creí que ibas a pasar estos días conmigo.

– Victoria ha sido un día increíble,  pero si no me voy no vas a descansar nada. Si me quedo voy a seguir torturándote. Tu dolor es mi placer.

– Me encanta que me tortures. ¿Por qué si no he comprado la fusta, las bridas, las pinzas…? He comprado unas con imanes para los pezones y…

– Basta -suelta cortándome-. Sácalo todo -dice cambiando su actitud y empezando a dejar sus cosas- rápido. No olvides la fusta.

Voy a la habitación y cojo la caja, nuestra caja, donde guardo sus “instrumentos de tortura”, y la fusta. Qué ganas tengo de estrenarla… Cuando vuelvo al salón veo una silla que ha colocado en el centro, me coge las cosas y me dice que me siente a horcajadas. Obedezco mientras veo cómo rebusca en la caja y saca unas bridas, que me coloca en los pechos superapretadas. A continuación saca una cinta y me los ata con fuerza, y con un fular rodea mi cuello y ata una vez más mis pechos. Después saca la mordaza y me la ata a la boca, para finalizar atándome las manos a la espalda.

– Es un lazo simbólico. Puedes soltarte cuando quieras.

(No quiero soltarme joder, quiero que sigas. Sométeme. Tortúrame. Lo estoy deseando ¿no lo ves? Soy tu esclava, tu puta, tu sumisa. Si no tuviera este trasto en la boca te lo gritaría).

Mientras le grito esto mentalmente, Él me pone las pinzas de imanes en los pezones. Parecen inofensivas, sin embargo llegan a doler y me las quita. Coloca mis pechos por encima del respaldo de la silla, los acaricia, los pellizca y los estira. Me está poniendo a cien, Él ya está a cien.

Se quita los pantalones y el boxer y su erección es impresionante. “Mira, para que veas cómo estoy ya” me dice. Joder cómo me gustaría tenerla en el coño mientras me hace todo eso. “Vas a saber lo que es el dolor Victoria. Y tu dolor es mi placer”.

Deborándonos

Deborándonos

Este calor es agobiante. Se pegan las sábanas a la piel. No puedo dormir la siesta con este agobio, y con su cuerpo desnudo pegado al mío lo que menos me apetece es dormir. Me revuelvo en la cama una y otra vez hasta que me siento.

– Victoria deberías descansar.

– No puedo, no soporto este calor. Voy por el ventilador.

Salgo a por el aparato y cuando vuelvo, la escena es inédita: Él está tumbado bocaarriba en mi cama, tranquilo, relajado, mirándome. Esa imagen se ha grabado a fuego en mi mente para siempre. Jamás lo había visto con tanta serenidad, con tanta paz. “Ven” me dice alargando el brazo hacia mí.

Dejo el ventilador en el suelo, ni siquiera lo enchufo, y le tomo de la mano. Él me atrae hasta la cama, hasta su cuerpo, y acabo arrodillada entre sus piernas con su polla ya erecta en mi boca.

Pocas veces me deja darle placer así a mi voluntad, dejándome decidir el ritmo, la profundidad, y me encanta. Está absolutamente relajado, limitándose a disfrutar de la felación. No sé quién está disfrutando más, si Él  o yo. Parece que lee mis pensamientos, porque entonces pregunta “¿te gusta esto Victoria?”.

Yo recorro mis labios por su cuerpo y, acariciándole los pezones, le digo con sus labios en los míos “estaría haciéndotelo siempre”. “Entonces sigue” me contesta.

Mis manos acompañan a mis labios por todo su cuerpo, hasta que su polla vuelve a estar en mi boca. Acaricio sus muslos mientras chupo y lamo su polla una y otra vez. Quiero tenerla toda dentro, que me llegue al fondo de la garganta, y hundo mi cabeza contra su pelvis.

Entre mis propios gemidos escucho “ponme el coño en la cara” y levanto la vista para mirarle. “Ponme el coño en la cara” repite Él, y obedezco medio a regañadientes en mi mente, porque sé que Él disfruta dándome sexo oral, pero quería que ese momento fuera sólo suyo, que sólo disfrutara Él, darle placer únicamente oral, como tantas veces le había pedido y creí que había llegado el momento, pero cedo y me monto sobre su cara.

Me meto su polla de nuevo en la boca y agarro sus nalgas para empujarla al fondo de mi garganta, cuando noto mi clítoris presa de sus labios y su lengua. Joder qué bien me come el coño, es de las veces que más estoy disfrutando, cuando de repente siento que empieza a moverse y a follarme la boca. Sin darme cuenta había parado de mamarle la polla y ha tenido que moverse Él. Mi placer me ha distraído del suyo, ¡qué estúpida!

Intento concentrarme, olvidarme de mi placer y dedicarme sólo a proporcionárselo a Él. De nuevo agarro sus nalgas y empujo su polla al fondo de mi garganta. Joder me encanta, no sé dónde siento más placer, si en la boca o en el coño, porque no puedo evitar flaquear y sentirlo entre mis piernas, alternando ritmos y movimientos que me llevan al borde del orgasmo una y otra vez.

Empieza de nuevo a follarme la boca y centro toda mi atención en eso, en que disfrute, en que se corra, quiero su semen, ya no quiero alargar más esto, ya no. No es lo que yo quería, yo quería darle sexo oral horas y horas, darle placer ilimitado, pero necesito acabar porque me está matando de placer, mi coño está a punto de estallar y si me centro en mi orgasmo Él no llegará al suyo y me perderé su semen, su esencia, su sabor. (Córrete por favor, córrete en mi boca, dame tu semen, no me dejes sin él por favor, córrete en mí) me repito mentalmente una y otra vez hasta que se derrama en mí, en mi boca, y sorbo y chupo y trago sin parar, y chupo una y otra vez, empujando sus nalgas con mis manos llevando más y más profunda su polla en mi boca, hasta que noto que me voy, no sé si por el placer que siento en mi boca o en mi coño, pero me voy y de qué manera…

Caigo desplomada a su lado, abrazada a su muslo, y acariciando la punta de su polla, recogiendo los restos de semen que siguen saliendo y chupándome los dedos para no dejar nada. Es mío, lo he conseguido yo, y acaricio su polla con cariño, notando cómo va perdiendo la erección en mi mano. Nos quedamos así, en silencio y relajados durante unos minutos. No sé cómo se siente Él, pero para mí ha sido mejor que algunos polvos.

Me encanta darle ese tipo de placer, lo haría cada día, y algún día espero hacerlo únicamente para Él, chuparle la polla, lamérsela horas y horas. Su polla, mi boca, y nada más.