El dolor del deseo

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Esta noche se me está haciendo eterna. Vuelvo a la habitación, me desnudo y me meto en la cama. De nuevo nado sóla en el océano de mi cama, entre olas de satén. Repaso mentalmente los vídeos que acabo de ver y todo el día que hemos pasado juntos, y la lubricación empieza a brotar de nuevo de mi coño.

Deslizo mi mano hasta él y allí está,  hinchado y mojado, con el clítoris erecto y duro, como su polla cuando entra en acción. Y empiezo a sentir ese tirón interior, desde lo más profundo de mi cuerpo. Si Él supiera que sin ni siquiera tocarme, sin ni siquiera estar conmigo, me produce dolor, me hace un daño a veces insoportable.

Un dolor quizá equiparable al que un hombre siente en los testículos cuando quiere follar y no lo hace. Las mujeres también lo sentimos, ahora lo estoy sintiendo, lo siento cada vez que le deseo dentro de mí y no está.

Noto cómo el coño se va hinchando y dilatando, y empiezo a sentir escozor en el agujero, escozor que da paso a ese tirón interior, como si con unos anzuelos clavados en cada labio vaginal estirasen hacia dentro y hacia los lados. Y ese dolor va en aumento conforme pasa el tiempo y sigo vacía, porque los anzuelos invisibles me desgarran hacia dentro, hacia lo más profundo de mi cuerpo. Y duele como si fuera real, e intento engañar a mi cuerpo masturbándome, pero eso sólo aumenta el dolor, porque no sólo no disminuye, sino que acabo destrozándome el clítoris y sus alrededores.

Y curiosamente hay veces que ese dolor me lleva al orgasmo, porque mi AMO me ha enseñado a disfrutar con el dolor, a obtener placer del dolor.

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